Todo el valor de una gran colección, con el presupuesto de un museo pequeño
Un pequeño museo científico en un pueblo, con dos salas y una sola persona que atiende, vende entradas y vigila. Una colección que merecería mucho más tiempo del que le dedican los visitantes.
Quien conoce las historias del museo está siempre ahí, detrás del mostrador: sabe de dónde viene ese meteorito y cuánto viajó antes de acabar en la vitrina. Pero no puede contárselo a cada visitante, y sin relato una vitrina sigue siendo una vitrina.
Para un museo de este tamaño una audioguía tradicional cuesta más de lo que puede rendir: aparatos que comprar, grabaciones en estudio y cifras de visita que no justifican el gasto.
Una sola persona para recepción, taquilla y salas
Presupuesto anual limitado
Visitantes que no captan el valor de los objetos
El director escribió las historias de los objetos más significativos — una anécdota, el contexto — y generó los audios escuchándolos mientras recorría las salas, corrigiendo lo que no sonaba bien. Los códigos QR se imprimieron con la impresora de la oficina, se plastificaron y se colocaron junto a las vitrinas.
Visitas más largas: de cuatro minutos a media hora
Comentarios entusiastas en el libro de firmas y un boca a boca que trae nuevos visitantes
Historias que ya nadie habría contado, ahora accesibles para todos
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